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Retiro espiritual

El discernimiento evangélico en los momentos críticos de la vida

 

Lío en la cabeza

 

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Introducción

Estamos aquí porque buscamos a Dios, porque nos importa Dios (o eso creemos); pero, ¿lo buscamos realmente? Buscar a Dios no es buscar consuelos, ayudas en la oración, beneficios espirituales o facilidades para la vida..., sino buscar su voluntad para darle gloria.

Todo el que busca de verdad a Dios sabe que sólo puede encontrarlo a través de su Hijo Jesucristo y por medio del Espíritu Santo. No hay otro camino para encontrar al Dios verdadero, porque al Dios revelado que se comunica y tiene un plan para nosotros sólo lo podemos encontrar a través de Jesucristo y por medio del Espíritu Santo[1].

El que busca a Dios de verdad sabe que no tiene escapatoria, que toda su vida se tiene que configurar desde Dios y en función del proyecto personal que él tiene para cada uno de nosotros. No basta, por tanto, con hacer el bien o ayudar a los demás, sino que debemos responder en concreto a Dios, que nos ha creado con un proyecto personal, único, insustituible, extraordinario; y ese plan da sentido pleno a nuestra vida y nos lleva a la gloria. Por eso, sólo descubriendo y cumpliendo la voluntad de Dios podemos realizarnos plenamente, vivir la vida como vocación, llevar a cabo una misión, cooperar con eficacia sobrenatural a la salvación de los demás, y alcanzar la gloria del cielo.

La materia que proponemos para este retiro exige un tiempo prolongado de oración, probablemente de oración dura que requiera varios días para terminarla; pero no hemos de impacientarnos o tratar de correr para acabar la materia. Es preferible ir lentamente y asimilarla bien a pasar por encima sin profundizar, llevados por el afán de completar el contenido lo antes posible.

En el presente retiro, como siempre, el centro es Jesucristo. Vamos a contemplar a Jesús, porque no hay oración ni contemplación cristiana si no contemplamos al Señor. Él es el centro de nuestra vida y al que tiene que dirigirse todo. Y vamos a contemplar a Jesús como el Hijo, permanentemente vuelto al Padre, cuya voluntad obedece siempre y en todo. Vamos a contemplar a Jesús en la actitud que él manifiesta cuando dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34). Tenemos como objetivo aprender a realizar el discernimiento evangélico, especialmente en situaciones duras, difíciles, en las que todo se complica y tenemos que encontrar la voluntad de Dios a pesar de las dificultades. Y el modelo del que no tenemos que separar la mirada ni el corazón es Cristo, vuelto al Padre por encima de todas las circunstancias, mirando siempre al Padre y viviendo de su voluntad. Todo el discernimiento cristiano responde a ese anhelo del Señor: «Mí alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34). Y a nosotros, ¿qué nos alimenta?, ¿qué estamos digiriendo todo el día: preocupaciones, problemas, comentarios, conflictos, planes…? Vivimos de eso, nos alimentamos de eso. Sin embargo Jesús vive de la voluntad del Padre.

Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (Jn 5,30).

Esta mirada nos hace salir del relativismo, porque nos descubre la Verdad con mayúsculas, que es Jesús (cf. Jn 14,6). Es cierto que nadie puede poseer la verdad; pero el que se encuentra con Cristo no entra en la posesión de la verdad, sino que es poseído por ella, se convierte en esclavo de la verdad, y ya no puede hacer otra cosa que seguir a Cristo, que es la Verdad.

 

Jesús orando

 

Este anhelo por cumplir la voluntad del Padre da sentido a toda la vida del Señor y a su misión, desde el primer momento de la encarnación:

Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo -pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí- para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Hb 10,6-7).

Dios no quiere nuestros sacrificios separados de nuestra vida, sino que cumplamos su voluntad. Eso es lo único que vale en el orden sobrenatural. Ésa es la vida y el culto cristiano, porque ésa es la vida, el culto y la oración del Hijo de Dios. No hay otro culto, otro amor y otra fe. Por eso pretendemos aprender del Señor a discernir la voluntad de Dios a fondo. Porque hacemos ejercicios de discernimiento buscando la voluntad de Dios, pero nos cuesta hacer discernimiento de verdad. Cristo no hace ejercicios de discernimiento, sino que vive permanentemente en la búsqueda de la voluntad de Dios en todo. Y nosotros también queremos vivir en estado de discernimiento, para buscar y descubrir permanentemente la voluntad de Dios y poder darle gloria. Queremos vivir sencilla y espontáneamente en el discernimiento, sabiendo que en lo que estamos espontáneamente es en nuestros líos e intereses. De hecho sabemos muy bien lo que nos gusta y nos interesa, y a partir de eso buscamos lo que quiere Dios, es decir, amañamos la voluntad de Dios para salvaguardar esos intereses personales. Por tanto, tenemos que salir de ahí para realizar el discernimiento constante que nos permita descubrir la voluntad de Dios en todo para poder cumplirla fielmente.

No dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual (Col 1,9).

No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. (Rm 12,2).

Resulta imposible hacer un verdadero discernimiento evangélico en una vida en la que priman las decisiones «autónomas», que tomamos generalmente según criterios humanos y al margen de Dios. Incluso cuando se plantea el discernimiento de la vocación, pasamos de la primera llamada a los criterios humanos de conveniencias, gustos, dificultades, estrategias. Nos sucede lo mismo que aquellos que querían seguir a Jesús, pero poniéndole sus condiciones (Lc 9,57-62).

Es verdad que en algunos momentos intentamos salir de la visión humana de las cosas para tratar de descubrir el criterio de Dios sobre ellas. De hecho, las circunstancias o la importancia de algún momento nos hacen pararnos y preguntarnos qué quiere Dios de nosotros en una determinada situación. Pero nos topamos con un muro y no encontramos respuesta, porque el vivir habitualmente según la mera visión natural nos saca del cauce de la perspectiva evangélica; y no podemos salir arbitrariamente de nuestro mundo de intereses y cálculos para entrar cuando queramos en el ámbito espiritual. La voluntad de Dios no es algo que podemos tener o no tener en cuenta cuando nos conviene, sino el marco permanente en el que se desarrolla nuestra vida. El primer discernimiento es Dios mismo, y no podemos estar vacilando sobre el objeto de nuestra vida: Dios o mi yo (con sus necesidades, complejos, miedos, gustos, cálculos). Vamos saltando del uno al otro según nos interesa; pero no funciona. Y cuando no nos salen los cálculos hacemos trampa y amañamos el resultado.

Una de las razones de este desenfoque de la vida cristiana es que la búsqueda de la voluntad de Dios suele tener un interés «práctico» de cara al futuro. Como el niño Samuel (1Sam 3,1-10), salimos corriendo a hacer algo en vez de pararnos a escuchar lo que Dios quiere decirnos. El Señor nos llama a estar con él y nosotros lo traducimos a lo que tenemos que hacer en el futuro. Y ese interés por lo práctico nos hace perder lo fundamental: la llamada del Señor a estar con él. Abrahán, sin embargo, acepta lo que Dios le pide en ese momento («Sal de tu tierra… hacia la tierra que te mostraré»: Gn 12,1), sin preocuparse por lo que sucederá en el futuro.

En general el ser humano tiene un gran interés en controlar la vida presente y, sobre todo, su futuro. Pero no hay posibilidad de discernimiento cuando intentamos controlar el futuro y llegar a donde nos interesa. Eso es lo que pretenden muchos buenos cristianos, aunque disfrazándolo de búsqueda de la voluntad de Dios. Queremos controlar nuestro futuro y nos perdemos el presente, que está en escuchar lo que nos quiere decir Dios. Pensamos que buscamos la voluntad de Dios, pero nos perdemos el proyecto de Dios. La Virgen María no intenta conocer ni controlar el futuro, acepta que todo esté en el aire; no le pone condiciones a Dios. Y la base de ese comportamiento radica en que nos creemos con derecho a conocer y controlar el futuro y metemos a Dios ahí diciendo que es voluntad de Dios lo que creemos que es razonablemente mejor. Y para eso usamos lo que llamamos «discernimiento», que es como un mecanismo fácil y automático que garantiza el conocimiento y el control que nos gusta tener sobre nuestra vida presente y futura... En definitiva, intentamos controlar a Dios con nuestro discernimiento.

El verdadero discernimiento

Sin embargo, el auténtico discernimiento nada tiene que ver con la seguridad de un mecanismo automático, porque lo que da sentido al discernimiento es la fe, y la fe no es seguridad humana. La fe comporta ciertamente un tipo de seguridad, pero no la que puede dar un mecanismo humano, sino la que proviene de Dios y, por tanto, de la oscuridad con la que lo percibimos a él y el amor que ilumina dicha oscuridad. La seguridad que proporciona la fe y el discernimiento no es la del control de las realidades presentes para controlar también las futuras. Es la seguridad que nace de la oscuridad luminosa de la fe, porque la fe en su oscuridad está iluminada por el amor. Cuando yo entro en la dinámica de la relación con Dios por medio de la fe entro en una oscuridad que no es desconcierto, sino luz, la luz del amor, no la del control. La relación con Dios es oscura porque Dios ciega con su luz, pero ilumina con la fe y el amor.

 

La luz que ciega

 

Y, además, el discernimiento cristiano, lejos de proyectarse hacia el control del futuro, que es imposible, nace del verdadero sentido de la providencia divina, que no es una garantía de control del futuro, sino la experiencia gozosa de la confianza en Dios que parte de la fe. La providencia divina no es que cuando tengo un problema, rezo y se resuelve el problema. Es que yo tengo un problema y Dios está aquí; no me abandona porque tenga un problema; todo lo contrario, está más cerca, más activo. Ésa es la razón por la que podemos afirmar que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,28); de modo que la conciencia de la verdadera providencia lleva necesariamente a centrarse en el momento presente[2].

Podemos afirmar que, en cierta medida, toda la sabiduría espiritual radica en el verdadero discernimiento, consistente en una tarea espiritual, que es fundamental y permanente, que se convierte en una actitud, en el clima de nuestra vida, y que debe tener las siguientes características esenciales:

1. Teniendo en cuenta mi realidad concreta (mi temperamento, historia, circunstancias, problemas, etc.), debo reconocer lo que se me impone (en lo exterior y en lo interno) porque no depende de mí, ni lo he hecho yo, ni lo he buscado, ni lo quiero, ni lo he pedido, ni lo puedo controlar… Hacerme consciente de lo que hay en mí que no puedo controlar: mi carácter, el carácter de los que me rodean, una enfermedad… Las cosas más importantes de la vida que nos condicionan seriamente no están bajo nuestro control y es importante saber cuáles son las realidades que quieren dominarme.

2. Considerar que lo único que existe realmente, lo único que tengo en mi mano y el único «lugar» en el que Dios actúa es el momento presente, el aquí-y-ahora, con lo que soy y tengo. Cuántas energías desperdiciamos añorando el pasado, proyectando el futuro. Pero Dios sale a mi encuentro sólo en el presente, en mi realidad concreta.

3. Aceptar todo eso, el sufrimiento que comporta y las consecuencias que tiene. No se puede buscar la voluntad de Dios cuando lo primero que me planteo es cómo resuelvo los problemas para sufrir menos. La voluntad de Dios no tiene que encajar en lo humanamente comprensible, en nuestros cálculos. Somos nosotros los que tenemos que encajar en la voluntad de Dios. Y la oración sirve para hacernos permeables a la voluntad de Dios en la realidad concreta que tenemos, no sirve para convencer a Dios de que cambie nuestra realidad según lo que nos parece más conveniente. El objetivo es descubrir que Dios está ahí, en esta situación concreta que me hace sufrir, aceptar el sufrimiento que comporta esa situación y buscar la voluntad de Dios en esa realidad en la que sé que él está presente, sabiendo que esa búsqueda me hará sufrir más aún. Pero sufrir no es pecado. ¡Cuánto sufrimos por no querer sufrir, por no decidir, por no plantearnos las cosas evangélicamente! Debo convertir ese sufrimiento en un acto de amor a Dios hecho de fe, confianza y adoración, por medio del ofrecimiento absoluto de mi vida a Dios.

4. Muy importante: He de hacer sencillamente lo que pueda. Normalmente buscando lo que Dios quiere de mí en lo más extraordinario se me escapa hacer lo que buenamente puedo hacer, que es, en principio, escuchar. Es decir, hay que partir de la renuncia a controlar la situación, a resolver las cosas según nuestro criterio y a encajar todo según lo que «creo que Dios quiere», que suele ser lo yo que quiero que Dios quiera. Para ello debemos aprender a actuar despreocupándonos de todo lo que no sea cumplir sencillamente con nuestro deber, con lo que realmente vemos y podemos hacer. Es señal de distorsión en el discernimiento la enorme preocupación que tenemos por aclarar lo que no vemos y el desprecio absoluto a ser fieles a lo que vemos, como es la oración, el cumplimiento de nuestro deber, la caridad, la amabilidad…

5. Confiar amorosamente en la acción que Dios quiere realizar en mí y disponerme a recibir esa acción, dándole gracias de antemano por su obra, que no veo con claridad, pero para la que vivo. Estoy haciendo lo que tengo que hacer en el momento presente y me dispongo a recibir lo que Dios me quiere dar. Estoy en el futuro que es Dios porque estoy viviendo a Dios en el lugar que se manifiesta, que es el presente.

Si se pudiera resumir más, si cabe, este sencillo esquema, se podría decir que la esencia del proceso de la perfección evangélica es:

Vivir el momento presente, aceptando todo y ofreciéndoselo a Dios, haciendo lo que buenamente pueda y abandonándome a la gracia que voy a recibir.

Esto es algo sencillo, verdadero y siempre posible, pase lo que pase en nuestra vida. El que las cosas nos parezcan complicadas o difíciles no es porque lo sean en su realidad profunda sino porque nosotros las miramos con una mirada meramente humana y no con los ojos de la fe.

Resulta significativo comprobar que la esencia de este discernimiento se corresponde a la perfección con los elementos más característicos del estilo de vida del Hijo de Dios en Nazaret[3].

Discernimiento y simplicidad

 

Semillas flotando en el viento

 

Todo eso nos permite afirmar que no tiene sentido que nos agobiemos por nada, sobre todo por tratar de resolver problemas que achacamos a Dios cuando realmente los hemos creado nosotros mismos: complicamos las cosas y se achacamos a Dios las consecuencias. De hecho, frecuentemente nos vemos sumergidos en situaciones complejas y acabamos desconcertados por el fruto nuestras decisiones y nuestros motivos complicados; y luego esperamos resolverlo todo con nuestras fuerzas, cuando en realidad, tanto los problemas como su solución provienen de nosotros y no tienen nada que ver con Dios. La realidad es muy distinta y más simple: ¿Queremos o no vivir desde Dios? Una determinada situación, por dura que sea, ¿nos impide ser fieles a las cosas sencillas que vemos con claridad, o nos lo facilita? Realmente esa situación es lo único que tenemos para cumplir su voluntad y dar gloria a Dios. Vamos a la oración precisamente a eso, a cambiar la mirada: llegamos con nuestras circunstancias, nuestras pasiones, nuestro amor propio, nuestros cálculos, que nos llevan al desconcierto, y en la oración redescubrimos y revivimos el «sólo tú» que lo simplifica todo y nos da luz.

Por todo ello el primer elemento de discernimiento es la simplicidad. Siempre, y sobre todo en los momentos de confusión, hemos de considerar ante todo que las cosas de Dios son siempre simples, mientras las nuestras son complicadas. En el negocio de la salvación estamos Dios y yo; y él, que lleva la mayor parte del negocio, no tiene ningún problema, ni ninguna oscuridad; soy yo, que tengo una pequeñísima parte en el negocio, el que tengo oscuridad y veo sólo problemas. Es muy importante saber que Dios no tiene oscuridad ni problema para no proyectar en él nuestras dudas y nuestra visión de la situación. No debo utilizar la oración para convencer a Dios de lo problemático de mi situación ‑que suele ser fruto de mis errores y pecados‑ sino para recordar que Dios tiene el control de la situación y para él no hay oscuridad. Tenemos que reconocer esas realidades que nos condicionan y nos exigen que resolvamos las cosas con urgencia como si eso fuera la voluntad de Dios. La realidad puede ser dura, pero no impide ni la presencia de Dios, ni el amor de Dios, ni el que Dios se sirva de todo eso para llevar a cabo su obra de salvación (Rm 8,28). Pero esa mirada es imposible cuando a nosotros sólo nos importa dejar de sufrir y quitarnos los problemas de encima.

El Señor guarda a los sencillos (Sal 116,6).

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños (Mt 11,25).

Os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas (Mt 10,16).

En consecuencia, lo verdaderamente importante es entrar en la simplicidad de lo que somos y tenemos -en el aquí y ahora- para descubrir que la acción de Dios está muy por encima de nuestra realidad limitada y que sólo abandonándonos en sus manos podemos alcanzar la eficacia de la acción divina.

La voluntad de Dios no está en lo que nosotros creemos que puede estar, sino en la realidad de lo que sucede en el aquí y ahora de lo que somos y tenemos. Ahí está la base sobre la que hemos de construir el discernimiento de la voluntad de Dios: Esto que soy, donde estoy, lo que tengo, lo que sucede…, esto proviene de Dios y aquí tengo que plantearme qué respuesta quiere Dios.

No se trata de que Dios quiera positivamente todo lo que sucede, incluso el mal, sino que él está presente en todo y mantiene su proyecto personal de santidad para cada uno de nosotros; de manera especial en todas las realidades que no queremos, que no dependen de nosotros, que no podemos «resolver» ni cambiar a nuestro gusto, o que nos dañan... En la media en la que estamos sometidos a realidades que no hemos creado nosotros y están fuera de nuestro control podemos descubrir en ellas la presencia providente de Dios, que respeta la libertad del ser humano y sus consecuencias pero no se aparta de sus hijos para iluminarlos y acompañarles en el camino hacia la gloria sean las que sean las circunstancias por las que deba atravesar ese camino. Este sentido de providencia lo define muy bien San Pablo cuando afirma que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,28).

Normalmente pensamos en la voluntad de Dios como un proyecto ideal que tenemos que encajar en la vida haciendo violencia sobre la realidad. Pongamos un ejemplo: Una persona parte del hecho de que Dios la quiere humilde (eso es verdad siempre y en general) mientras que se descubre cayendo constantemente en la soberbia, lo que le lleva a poner todo su empeño en impedir ese tipo de comportamientos. El planteamiento sería el siguiente: «Me descubro con frecuencia comportándome con prepotencia, lo que manifiesta que soy una persona soberbia. Como Dios quiere que seamos humildes tengo que luchar con todas mis fuerzas para impedir que salgan de mí este tipo de comportamientos». A partir de aquí organiza un plan ascético exigente para impedir ese pecado dominante.

 

Pensando en la soledad

 

Sin embargo, el proceso evangélico debería partir del reconocimiento de unos complejos que exigen una compensación psicológica de autoafirmación, que se hace especialmente fuerte en unas circunstancias que acentúan dichos complejos. Y desde aquí debería reconocer como meta de su vida la realización del plan único que Dios tiene para ella. En el fondo, el proceso verdadero consiste en armonizar su realidad humana con la voluntad de Dios, sin violentar ninguno de esos dos ámbitos.

En nuestro ejemplo, la persona en cuestión debería empezar por reconocer el problema psicológico y las circunstancias de su vida como algo que, siendo negativo y doloroso, es lo único que le permiten avanzar en el modo concreto de identificación con Cristo que lleva a la realización de su proyecto personal de salvación. Esto exige empezar por reconocer y aceptar esos complejos como parte de su cruz y como modo de entrar en la experiencia viva de pobreza que le abre a la gracia de esa identificación con Cristo pobre y humilde. Así, en lugar de empeñarse por la fuerza en ser lo que no es, el trabajo lo pone en «aprovechar» lo que es para dejarse cambiar por Dios. Así pues, el planteamiento evangélico debería ser el siguiente: «Me descubro con constantes comportamientos de prepotencia que hacen sufrir a los demás y me desconciertan y desaniman. Reconozco que son fruto de determinado complejo que provoca en mí una impulsiva necesidad psicológica de compensación que me empuja a imponerme sobre los demás. Esto, que no deseo ni puedo controlar, lo reconozco como cruz y lo acepto como instrumento propio de santificación. Por otra parte, experimento en la oración un claro llamamiento a identificarme con Cristo pobre y humilde, lo que va en contra de mi psicología y circunstancias. Acepto esta contradicción humana como oportunidad para trabajar inútilmente por cambiar lo que para mí es imposible, pero ofreciendo a Dios mi cruz y mi inútil esfuerzo como el acto de amor humilde que él espera de mí. Con la esperanza y el convencimiento de que, viendo mi pobreza, él tendrá compasión de mí y me concederá de limosna lo que para mí es imposible. Él me identificará con Cristo humilde y me hará humilde si dejo de tratar de conseguir la virtud por mis medios, que es un modo de soberbia, y le entrego, como acto de amor, mi miseria y mi incapacidad para cambiarla, abandonándome en sus manos y esperándolo todo de él, mientras no dejo de esforzarme para expresarle mi amor y mi deseo de alcanzar lo que él me propone».

Y lo mismo se puede decir del error contrario, que consiste en violentar la voluntad de Dios desde la realidad de nuestra vida. Volviendo a nuestro ejemplo, esta actitud consistiría en tomar como referencia la propia necesidad de autoafirmación y acomodar a ella la voluntad de Dios: «Quizá yo pueda parecer un poco brusco o autosuficiente, pero es el único modo posible de defender la verdad y ejercer la caridad con la eficacia con la que Dios me pide que ayude a los demás». O bien: «Puesto que yo tengo este carácter y no lo puedo cambiar, Dios tiene que contar con ello y dispensarme de la humildad».

Atención a lo importante

 

Mirada a lo alto

 

La vida cristiana verdadera sólo florece en tierra de verdad; por eso es necesario que seamos conscientes de lo que nos está condicionando, especialmente los condicionamientos psicológicos (miedos, complejos, taras, necesidades afectivas), que pesan mucho a la hora de tomar decisiones, porque eso se nos impone como lo fundamental de nuestra vida. Y por eso hemos de hacer un esfuerzo para rescatar lo verdaderamente importante, que es Dios, frente a toda imposición que no sea él, porque todo lo demás es absolutamente relativo. De hecho dramatizamos muchas situaciones y problemas porque no caemos en la cuenta del verdadero drama que es que Dios no pinta nada en mi vida y cualquier cosa puede aparecer como fundamental e imprescindible.

Todo esto nos lleva a afirmar que para realizar el verdadero discernimiento de la voluntad de Dios es necesario, lo primero de todo, que tomemos conciencia del «lugar» concreto donde creamos nuestros problemas y sus posibles soluciones. Ese «lugar» no es Dios ni está en Dios, sino que es la realidad en la que ponemos nuestra mirada y nuestro corazón. Por eso, para identificar ese lugar debemos comenzar buscando donde está nuestra atención y nuestro corazón, que están donde están nuestros miedos y preocupaciones:

-El futuro, lo que puede suceder…

-El pasado, lo que pudo ser, lo que hice mal, el mal que me hicieron…

-Mis expectativas, proyectos, ilusiones, planes…

-Mis necesidades materiales y espirituales…

-Los deseos y exigencias de los demás sobre mí…

-El juicio, propio y ajeno, sobre la realidad…

Una vez hemos identificado claramente la realidad humana que más nos condiciona, hemos de reconocer que nada de eso es de Dios ni forma parte de nuestra vida real, por lo cual carece de importancia en el discernimiento evangélico. Esta afirmación resulta dura de realizar porque se trata de negarle importancia a lo que percibimos como lo más importante. Y, además, lo que es más peligroso, esas realidades suelen ser la base real de nuestro discernimiento y nuestras decisiones.

Esta atención a lo importante no surge espontáneamente, por lo que exige un ejercicio de oración profunda. Realmente la oración no es otra cosa que rescatar a Cristo como el Señor de nuestra vida, el único Señor, para que dejen de enseñorearse de nuestra vida realidades que no son él. Y para despegar nuestro corazón de cualquier realidad que no sea Dios y su voluntad hay que ejercitarse en la contemplación y adoración de Cristo; para lo cual puede ayudar algún modo de orar como el que se propone en la «Letanía del Nombre de Jesús».

 

Mujer pensativa

 

A partir de aquí podemos entrar en la verdadera pregunta que fundamenta el auténtico discernimiento evangélico: «¿Qué quiere Dios de mí aquí y ahora?» Evidentemente la cuestión afecta inmediatamente al presente, pero condiciona decisivamente el futuro, como vemos en el caso de Abraham, cuando Dios le pide que abandone su casa y su tierra y marche a lo desconocido. La decisión de dejar su casa, su trabajo, su vida y marchar al desierto no la toma este hombre en virtud de ningún proyecto personal, ni porque busque solución a determinadas dificultades, sino atendiendo al proyecto de Dios. Es la respuesta que Dios le pide, en el ahora y en lo concreto; pero esa respuesta abre la puerta del futuro al que Dios le llama… y a las otras pruebas en cada presente.

Sólo cuando aceptamos la voluntad de Dios en el aquí y ahora como la única norma de vida podemos descubrir la proyección de esa voluntad hacía el futuro. De lo contrario nos agobiamos por el futuro y queremos controlarlo tomando las decisiones más convenientes para lograrlo, convirtiendo el presente en un mero instrumento del verdadero objetivo, que es tener el control de mi vida según mis planes. Esto es incompatible con una mirada cristiana, con el sentido de la providencia y el discernimiento evangélico. El planteamiento es el siguiente: «¿Qué tengo que hacer ahora para conseguir ser feliz en el futuro, alcanzar determinada posición social o triunfar como cristiano comprometido?», cuando la pregunta es otra: «¿Qué espera Dios de mí aquí y ahora, independientemente de mis planes, expectativas y un futuro que no me importa porque no está en mis manos sino en las de Dios?»

Esto es lo contrario de lo que hacemos. Decimos: «Mi vida es un desastre (porque no cumple mis expectativas); de modo que en tal lugar o en tales circunstancias tengo que cambiar, esforzarme más, hacer más bien a los demás, cumplir mejor mi misión…» Y entonces el discernimiento consiste en plantearme qué he de hacer para cumplir mis expectativas, «cómo» cambiar mi situación para adecuarla a mis expectativas, que he identificado como la voluntad de Dios.

Nunca insistiremos lo suficiente en que el verdadero proceso de discernimiento debería ser otro: «Dios quiere que sea santo con lo que soy y tengo. Teniendo en cuenta eso, ¿qué quiere de mí aquí y ahora?» Esta perspectiva es la única que da la libertad necesaria para descubrir que Dios no me obliga a cambiar las circunstancias, sino que tiene un especial proyecto de santidad que pasa por mi paradójico presente y cuenta con él.

El discernimiento espiritual en momentos críticos

 

Casa que se derrumba

 

En algunas ocasiones la vida nos depara circunstancias y acontecimientos que por su importancia, su gravedad o por acumulación de problemas nos colocan en una situación de crisis profunda, de conflicto, en las que parece que todo se desmorona y nos lleva al borde del precipicio de la desesperanza o de la desesperación. Es un momento en el que todo lo que constituye nuestra vida se pone en juego, también de cara a Dios; y sabemos que nuestra vida y nuestro futuro va a depender de cómo enfoquemos esa situación.

Si vamos trabajando habitualmente el ejercicio del discernimiento evangélico tendremos capacidad para descubrir la voluntad de Dios también en esos momentos críticos. Pero es probable que comprobemos que la forma habitual de discernimiento resulta, en cierta medida, insuficiente para orientarnos en una crisis profunda que trastoca toda nuestra existencia.

Para quien desee vivir así esos momentos y para quien perciba esa especie de cataclismo existencial como la mejor oportunidad para ejercitarse de verdad en la fe vamos a proponerle un modo de discernimiento particular, que puede aplicarse a cualquier situación, pero que sirve especialmente para encontrar el camino evangélico en esas circunstancias de la vida tan duras que necesitan de un medio de discernimiento distinto al habitual, cuando éste se revela insuficiente. Proponemos un modo de discernimiento que supone la metodología normal de discernimiento, pero que, de alguna manera, va más allá de ella.

Para realizarlo hay que partir de una vida real de unión habitual con Dios, que es el fruto normal de una intensa vida espiritual. No puedo pretender conocer con claridad la voluntad de Dios sobre un aspecto determinado que yo tengo mucho interés en aclarar, cuando estoy viviendo al margen de la voluntad de Dios. Sin embargo, para el alma humilde y sencilla, que se ha purificado en el crisol del amor a Dios a través de la fe es muy sencillo recibir la luz necesaria para ver y sentir según el Espíritu. El Espíritu Santo no está para confundirnos y para que vivamos en la confusión. Ahí tenemos que aplicar la bienaventuranza de Jesús: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). La limpieza de corazón permite ver a Dios, conocer su voluntad, y participar de su gloria. Para el humilde, el sencillo y limpio de corazón el «discernimiento» se realiza de forma casi espontánea y natural; y el trabajo que resta es corroborar la elección realizada, algo que en cierto modo suele venir dado ‑como gracia‑ en forma de luz, paz y gozo.

Esto quiere decir que se trata de un discernimiento que no se puede improvisar y menos cuando tenemos una urgencia. Dios no es una máquina expendedora de gracias, consuelos y luces a nuestro capricho Requiere que uno esté claramente situado en una vida de gracia, con la actitud y disposición evangélicas que son fruto de una seria vida de oración y de sacramentos. No somos cristianos para rezar e ir a misa; hacemos todo eso para ser cristianos.

Igualmente se requiere que haya un itinerario claro de preocupación por cumplir la voluntad de Dios y un trabajo permanente e intenso por descubrirla. Porque, si no, por mucho interés que tenga, no voy a ver la voluntad de Dios sobre un aspecto concreto de mi vida si no hay previamente a dicho acontecimiento un anhelo permanente de búsqueda de su voluntad para cumplirla. Porque existe una forma de discernimiento por mera curiosidad, en la que quiero conocer la voluntad de Dios pero para decidir si me conviene o no seguirla.

 

Mano pidiendo auxilio

 

Para ello hay que aceptar que en los momentos de especial dificultad hemos de intensificar mucho la oración, en tiempo y en actitud. Igualmente se requiere una profunda vida interior, que mantenga a la persona en un estado real de paz y libertad. Sin esta base no se puede empezar a construir este modo de discernimiento.

Estas dificultades a la que nos somete a veces la vida y nuestra actitud de falta de escucha y receptividad hacen que la experiencia de cruz en la que nos sumergen las grandes dificultades de la vida se viva con una mayor intensidad, dolor y desconcierto de lo normal, porque al sufrimiento natural que producen esas situaciones se añade el drama interior de la fe, puesta a prueba por esas mismas situaciones. Todos tenemos dificultades, pero el que conoce a Cristo puede encajar esas dificultades como parte de la cruz, lo cual es un consuelo y una luz, pero eso no le quita dramatismo. El cristiano no sufre menos ante los problemas de la vida, sufre más, porque vive esos problemas con una mayor intensidad y con un dolor mayor de lo normal, porque al sufrimiento natural se le añade el drama interior de la fe que esas dificultades ponen a prueba. Y ahí es donde la pasión por Dios, si empapa la vida, se convierte en el motor que impulsa a descubrir a Dios, en medio de esas dificultades, incluso con la acentuación de esas dificultades que conlleva la fe. Pero todo ese sufrimiento, por grande que sea, al estar iluminado por la gracia y santificado por la Cruz de Cristo, se convierte –sin dejar de doler‑ en fuente extraordinaria de gozo, paz y gloria.

Si para mí lo más importante es buscar apasionadamente a Dios, cuando todo se pone patas arriba rescato lo que es fundamental. En un incendio rescatamos lo que consideramos más valioso, y esa reacción espontánea demuestra lo que realmente consideramos más importante, más allá de lo que decimos que es más importante. Esa reacción demuestra una pasión real y define a una persona. Cuando se tiene esa pasión por Dios, es lo único que hay que rescatar cuando parece que se va a perder todo. Entonces de la dolorosa oscuridad de la cruz surge Dios, como lo único importante, puesto que se ha convertido en el único necesario.

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido. He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí. Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción. La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario. Pensé en olvidarme del asunto y dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía (Jr 20,7-9).

Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia (Mt 6,33-34).

Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10,41-42).

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor (Sal 27,8).

Miradlo, los humildes, y alegraos; buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón (Sal 69,32).

Pues esto dice el Señor a la casa de Israel: ¡Buscadme y viviréis! (Am 5,4).

Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (Mt 7,8).

Teniendo en cuenta todo esto, lo primero que hemos de hacer en esos momentos de crisis es mantener la conciencia clara y realista de que Dios es lo único importante y verdadero en nuestra vida. Porque cuando llegan los conflictos y los problemas uno percibe como lo más verdadero aquello que es causa del conflicto. Pero eso no es más verdadero que el hecho de que Dios está presente en esa situación y me ama infinitamente. De modo que cualquier realidad, por verdadera e importante que parezca, no es nada al lado de Dios. Por lo tanto hemos de distinguir claramente a Dios ‑que es lo único verdadero‑ de todas las demás cosas: problemas, familia, trabajo, miedos, cálculos… Y esto incluye también las «cosas» de Dios, como la Eucaristía, la oración, los fines y los medios apostólicos, la comunidad, la Iglesia, etc. Todo eso son «cosas» de Dios, pero no son Dios. Son medios, pero no son el fin último de todo. Las cosas de Dios serán importantes, como es importante la familia, el trabajo y la salud, más aún incluso, pero son medios, son realidades distintas del fin último, que es Dios mismo.

 

Un beso de consuelo

 

El verdadero cristiano tiene como único e indiscutible Señor a Jesús, al lado del cual nada es importante, porque vive de la fe[4], se alimenta de la voluntad del Padre, vive en estado de adoración, que consiste en el ejercicio constante, en medio de todas las circunstancias de la vida, de rescatar la presencia de Dios y entronizarlo en la propia vida. Pero en la práctica no nos es posible entronizar a Dios porque tenemos el trono lleno de cosas; por lo que se hace necesario expresar constantemente la adoración diciendo, con verdad, en todas las cosas: «Sólo tú, siempre tú, en todo tú, Señor Jesús».

Esto tiene mucho que ver con la conciencia permanente de que sólo tiene en su mano el momento presente, y por eso se desentiende del pasado y del futuro. No existe el futuro, sólo existe la verdad absoluta de que Dios está aquí amándonos; y en el aquí y ahora ‑que es lo único que tenemos- el creyente reconoce la presencia viva de Dios, lo adora, se sabe amado por él y se entrega a amarle con lo que es y tiene. Y todo porque sabe que en ese momento presente es donde Dios habla y actúa. Es ahí donde Dios se le da, y donde le está esperando. Y sólo en ese instante puede encontrarse de verdad con el Dios real, y recibir la gracia que él le da para ese momento. Porque Dios no nos da hoy la gracia que vamos a necesitar mañana.

Supuesto todo esto, cuando aparece un acontecimiento particularmente duro, desconcertante, doloroso, injusto, etc., que pone patas arriba toda nuestra vida y amenaza con destruirnos, podemos aceptar el reto que supone para nuestra fe la experiencia profunda de cruz y aprovechar ese acontecimiento para hacer un auténtico ejercicio de fe, amor y confianza, algo que no podríamos hacer de ninguna otra manera.

Modo concreto de discernimiento

 

Cambio de agujas

 

Teniendo en cuenta todo lo dicho hasta aquí y para realizar este tipo de discernimiento, podemos resumir el proceso a seguir del siguiente modo:

1. Reconocer el golpe

Reconocer la realidad que me golpea, así como el daño objetivo y el sufrimiento afectivo que supone para mí y para los demás… Hay que hacerlo de la manera más objetiva, realista y simple posible, distinguiendo los hechos en sí mismos y la percepción de los mismos. No es lo mismo decir: «Soy un fracasado, mi vida es un desastre y no tiene sentido», que decir: «Me he quedado sin trabajo en un momento difícil de mi vida, y siento que mi vida es un desastre y no tiene sentido». Hemos amplificado nosotros el problema.

Jesús cuenta con el sufrimiento y reconoce lo que sucede:

Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad (Mc 8,31-32).

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26,37-38).

Los salmos nos muestran cómo reconocer la situación y presentársela a Dios:

Estoy agotado de gemir: de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas. Mis ojos se consumen irritados, envejecen por tantas contradicciones (Sal 6,7-8).

Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo; al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza… Estoy como agua derramada, tengo los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar (Sal 22,7-8.15-16).

Se consumen de dolor mis ojos, mi garganta y mis entrañas. Mi vida se gasta en el dolor, mis años en los gemidos; mi vigor decae con las penas, mis huesos se consumen. Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cacharro inútil. Oigo el cuchicheo de la gente, y todo me da miedo; se conjuran contra mí y traman quitarme la vida (Sal 31,10-14).

Por alimento tengo mis sollozos, los gemidos se me escapan como agua. Me sucede lo que más me temía, lo que más me aterraba me acontece. Carezco de paz y de sosiego, intranquilo por temor a un sobresalto» (Job 3,24-26).

Me falta el aliento, mis días se extinguen, me espera la tumba. Vivo rodeado de burlas, tanta provocación me desvela (Job 17,1-2).

2. Silenciar juicios humanos

Acallar cualquier juicio, culpabilización o excusa hacia los demás o hacia mí mismo. De este modo dejo de mirarme a mí mismo y salgo de una visión meramente racional o humana. Eso es un trabajo, porque esos juicios humanos salen automáticamente.

Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible (Sal 61,3).

3. Aceptación del golpe

Aceptar el golpe recibido como algo que es verdad y que tiene un efecto demoledor en mí, que me duele, me destroza.

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39).

4. Rescatar la verdad

Hay dos verdades que están siempre ahí: una es el conflicto, el problema, la cruz; y la otra, Dios, su presencia y su salvación. Y yo elijo cuál de esas dos verdades va a tener más peso en mi vida. Lo puedo elegir consciente o inconscientemente, pero lo elijo de un modo u otro. El cristiano es el que no deja que su afectividad, su sensibilidad, su susceptibilidad, sus necesidades o miedos elijan. Él es el que elige diciendo: «Tú, Señor, eres el dueño y el centro indiscutible de mi vida; y eso nada ni nadie lo va a cambiar».

 

Extraño equilibrio

 

Se ha de contraponer a esa verdad demoledora la verdad salvadora de que «Dios está aquí amándome y amando a los demás infinita e incondicionalmente». Las dos cosas son verdad, pero una es mucho más verdad que la otra. Se trata de tomar conciencia de las dos verdades en las que se apoya nuestra vida: el hecho que nos golpea (y su efecto sobre nosotros) y el amor infinito de Dios; a partir de lo cual podemos rescatar la verdad de Dios como la única auténtica verdad, al lado de la cual la verdad del golpe recibido, sus circunstancias y sus efectos apenas tienen importancia.

Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: «Ya no lo protege Dios». Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza (Sal 3,2-4).

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?». Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en su trigo y en su vino. En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo (Sal 4,7-9)[5].

¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rm 8,35-39).

5. Afirmar a Dios como absoluto

No basta con que yo reconozca como verdad, más o menos teórica, la realidad de Dios; tengo que dar un paso decidido y valiente que afirme la supremacía absoluta de Dios, dejando todo lo demás de lado. Esa verdad tiene que encarnarse en mi vida. Si digo que Dios es lo fundamental, no puedo estar angustiado, preocupado, triste o deprimido por nada. Esto no supone que eliminemos el dolor o los sentimientos negativos, que no están bajo nuestro control, sino que nos centramos en la perspectiva evangélica que pone todo lo que no es Dios en su sitio -también los sentimientos- y nos coloca así en el estado de libertad necesario para seguir adelante en la vida cristiana, teniendo a Jesús como nuestro Señor absoluto e indiscutible

¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? (Sal 73,25).

Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador. El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela, y me hace caminar por las alturas (Hab 3,17-19).

 

La pesca milagrosa

 

Podemos encontrar un ejemplo significativo de esta afirmación en la pesca milagrosa, en la que vemos cómo en una situación real de fracaso y desánimo los discípulos apuestan por aceptar al Señor y su palabra como absoluto, y se aplican a cumplir su voluntad fielmente, a pesar de que parezca incomprensible o absurda. Ahí están  las dos verdades: el fracaso y la palabra del Señor. Deben hacer el acto real de fe, amor y compromiso, que manifiesta la realidad de la elección consciente de la verdad de Dios de manera eficaz ‑con hechos‑, por encima de los sentimientos y propósitos que manifestamos con los labios. Ese acto es el precio de la elección, porque el amor y la entrega tienen un precio: cuando se ama de verdad se busca pagar el precio del amor. Si el hijo está enfermo, la madre necesita estar con él, porque es el signo y el precio de la maternidad, es el hecho necesario que expresa que es madre. A partir de esa acción, movida por la fe, aparece el fruto copioso que proviene de poner a Dios como absoluto por encima de las circunstancias adversas:

Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse (Lc 5,1-6).

6. Ofrecer todo a Dios

No creemos de verdad en Dios y no amamos del todo a Dios hasta que somos capaces de darle lo que le tenemos que dar. Nos pasamos la vida dándole a Dios lo mejor de nosotros, para evitar darle lo que le tenemos que dar, lo que él quiere. Todos tenemos un tesoro ‑que normalmente es una tontería‑ y que hay que dar: apego, necesidad, miedo, carencia... Y los golpes de la vida son muy buenos porque sacan eso con lo que no podemos vivir y tenemos que entregar. Hay que poner, consciente y libremente, a los pies del Señor todo ‑absolutamente todo‑ lo que soy y tengo como ofrenda total a él; y renunciando en consecuencia a todo lo que he entregado: ya no lo tengo. Esto es lo que permite salir de añoranzas, cálculos, miedos, necesidades, condicionamientos, etc. Se trata de purificar la intención, renunciando a todo lo que no sea «solo Dios», como son resultados, seguridades, frutos, afectos, aprecio de los demás, agradecimiento, comprensión, ayuda, etc.; aunque sean realidades legítimas, necesarias e, incluso sean «cosas de Dios».

Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Heb 10,6-7; cf. Sal 40,7-9).

Aquí puede ser muy útil el acto de ofrecimiento de San Ignacio de Loyola, como modo de disponernos a las entrega real de todo a su Dios.

Tomad, Señor, y recibid

toda mi libertad,

mi memoria,

mi entendimiento,

y toda mi voluntad,

todo mi haber y mi poseer;

Vos me lo disteis,

A Vos, Señor, lo torno.

Todo es vuestro,

disponed todo a vuestra voluntad;

dadme vuestro amor y gracia,

que con ésta me basta [EE 234].

Y mejor aún, la formulación del «Eterno Señor», en la que se ofrece uno a sufrir una serie de desgarros concretos, como ejercicio por el que uno se obliga a una entrega real y no meramente intencional:

Eterno Señor de todas las cosas,

yo hago mi oblación,

con vuestro favor y ayuda,

delante de vuestra infinita bondad,

y delante de vuestra Madre gloriosa,

y de todos los santos y santas

de la corte celestial,

que yo quiero y deseo

y es mi determinación deliberada

-sólo que sea

vuestro mayor servicio y alabanza-

de imitaros en pasar

toda injuria y todo ultraje

y toda pobreza así real como espiritual.

Quiera vuestra santísima majestad

elegirme y aceptarme

en tal vida y condición [EE 98].

7. Oración y fidelidad

Este último paso se puede dar en un instante, puesto que es un acto concreto de la voluntad, pero no se puede improvisar sin una determinada actitud interior que lo haga posible. Y para que sea posible esa actitud se requiere vivir habitualmente en clima de oración y con un anhelo real de búsqueda de la voluntad y la gloria de Dios. Hace falta el acto real y concreto que me sumerja en esa relación con el Señor y después hay que mantener ese acto en la oración; porque todo esto se «cuece» en la oración. Éste es, en el fondo, el trabajo de la oración.

 

Mirando la puesta de sol

 

Así vive Jesús: anhelando cumplir la voluntad de Dios, hasta poder decir: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4,34); de modo que ansía que llegue su «hora», el momento de plasmar su fidelidad en la entrega de su vida, que comienza con la última cena con sus discípulos y que él ha deseado ardientemente (Lc 22,15). Y ello a pesar de que se trata de una «hora» que le da miedo, pero que no desea evitar.

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora (Jn 12,27).

Pero para que sea efectivo, este acto necesita que se mantenga después de hecho por medio de una intensificación de la oración y del espíritu de renuncia que lleve a la verdadera muerte del amor propio.

No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7,21).

8. Discernimiento

Sólo cuando se han dado estos pasos puede uno plantearse qué hacer en concreto y, sobre todo, cómo hacerlo, puesto que llegados aquí, la parte de «discernimiento» que queda por hacer no es lo que Dios quiere, sino la concreción del modo de hacer aquello que uno ya sabe que Dios quiere.

Este es el discernimiento que hace Jesús en el desierto antes de comenzar su ministerio público. De hecho, las tentaciones que le asaltan no tratan de poner en juego su misión de Mesías, sino el «modo» de llevar a cabo esa misión: en lugar de pasar por la cruz se le propone que realice su misión apoyándose en medios humanos más seguros y eficaces que los que el Padre le propone. Frente a las tentaciones, Jesús afirma su determinación de mantener la meta a la que el Padre le llama y por el camino que él le propone (Cf. Mt 4,1-11).

No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).

9. Simplicidad

Esta concreción tiene que ser clara y sencilla, en consonancia con la simplicidad de la voluntad de Dios. En el fondo consistirá en hacer lo que buenamente puedo hacer, según mis luces y capacidades, en la línea de la aceptación que expresa mejor el abandono al que Dios me llama, tratando de buscar con recta intención el cumplimiento de su voluntad. Cuando uno descubre a la luz del Espíritu Santo lo que Dios quiere de él como algo real y concreto no puede dejar de enamorarse de eso porque es el nexo que le une con el Señor. Cuando Dios me revela su amor, ese amor tiene forma de proyecto y ese proyecto es único. Tenemos que descubrir eso concreto que Dios quiere de mí. Si eso está claro, ahí tenemos el «perchero» en el que podemos «colgar» todas decisiones y realidades de nuestra vida, de manera que todo encaje y se subordine a lo fundamental. Y el discernimiento se convierte así en algo simple y precioso porque es el gran regalo que Dios me hace y el regalo que yo le hago a él. Sin ese perchero es muy complicado hacer discernimiento.

El motivo de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia: ella nos asegura que procedemos con todo el mundo, y sobre todo con vosotros, con la sinceridad y honradez de Dios, y no por sabiduría carnal, sino por gracia de Dios (2Co 1,12).

10. Esperanza

Finalmente, he de tomar conciencia agradecida de que, si hago todo lo anterior, Dios hará su obra. Es la pequeña parte que yo hago, sabiendo que Dios hace el resto. Y podemos tener la fe y la confianza de que eso funciona, porque eso es la esperanza. Pero si yo me agobio intentando prever y controlar, haciéndolo todo, mi propio agobio demuestra la falta de fe e impide que pueda funcionar el discernimiento evangélico. Lo que no significa que yo vea esa obra, que deje de sufrir, o que reciba fruto o compensación alguna[6] por mi entrega, de modo que si Dios quiere darme algo de estas compensaciones he de recibirlo como una gracia inmerecida, no como algo que me debe por mi esfuerzo.

No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso (Mt 6,31-32).

Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (Rm 15,13).

Conclusión

 

Palomas que salen de la mano

 

Para terminar vamos a tratar de condensar todo este proceso con una fórmula que, más que una oración, constituye un resumen de las actitudes propias de quien busca de verdad a Dios y quiere entregarse sinceramente a él, cumpliendo su voluntad como expresión de su amor y adoración. Si tengo esa actitud, el discernimiento sale solo:

«Padre, te adoro como Dios y te reconozco como mi Señor y el Absoluto de mi vida. Por eso me abandono incondicionalmente en tus manos y me ofrezco a ti con todo lo que soy y tengo.

Tú conoces esto que me sucede... y sabes cuánto me desconcierta y me duele. Y aunque no lo vea, sé que estás presente en este momento y en esta realidad por medio de Jesús, tu Verbo encarnado, y que, por el Espíritu Santo, me mueves a identificarme con tu Hijo, a través de mi cruz, para darte gloria y cooperar con él a la salvación del mundo.

En este momento, en el que contemplo tu presencia salvadora en mi vida, reconozco esta realidad que me desgarra..., y la abrazo libremente como correspondencia a tu infinita misericordia; y te la entrego como acto de adoración.

Porque deseo expresarte mi mayor amor acepto esta realidad..., y no deseo otra cosa; reconociendo que no tiene importancia alguna al lado de tu presencia y tu amor, que son especialmente reales precisamente en estos momentos.

Y como signo de adoración, me entrego a ti, en unión con Cristo crucificado, y acepto el sufrimiento, la lucha y las consecuencias que esta realidad me impone.

Abrazo todo como instrumento de tu providencia y dejo el juicio de todo esto... en tus manos, renunciando a cualquier beneficio y fruto, tanto natural como sobrenatural, porque reconozco que soy nada y no merezco nada.

Pero me acojo a tu corazón de Padre y apelo a la condición de hijo tuyo que me has concedido, para que te sirvas de mi nada y de lo poco que puedo hacer, incluso de mis errores y miserias, para llevar a cabo tu obra, aunque yo no lo vea o no lo sienta.

Solamente te pido me concedas la gracia de mantenerme fiel a mi propósito de darte gloria y de cooperar a la salvación del mundo a través de la ofrenda de mi vida como acto de adoración en forma de abandono absoluto a tu voluntad en todo momento, sobre todo en la hora de la Cruz».

Este acto de ofrecimiento hay que hacerlo con frecuencia, y debemos aplicarlo a cada una de las realidades que nos golpean y a su conjunto. Y, especialmente, hay que hacerlo cuando aparece la tentación de olvidarnos de Dios, de apostar por nuestros intereses o pasiones, o de actuar por nosotros mismos para solucionar lo que nos duele.

Se trata de una fórmula que puede resumirse mucho, incluso hasta sintetizarla en una frase, pero siempre que sea para nosotros expresión de la misma actitud que se manifiesta en esta oración.

A partir de esta actitud, y hecho el ofrecimiento, se debería estar en disposición de plantearse las cosas o tomar decisiones con la libertad interior que exige el discernimiento evangélico.

Hemos de tener en cuenta que si hemos realizado este recorrido con sinceridad y honradez, nuestra autenticidad se verá ratificada en el hecho de que nos mantenemos fieles a la opción tomada y aparece un claro crecimiento interior (aunque vaya acompañado de desconcierto u oscuridad).

En este último momento, como en otros del proceso, se necesita la colaboración del director espiritual para que ratifique lo que es de Dios, ayude a perfilar lo que se ha visto y permita corregir posibles desviaciones en las disposiciones y actitudes internas.

El atajo

Todo este itinerario puede resultar algo extenso para realizarlo habitualmente en detalle, pero, en el fondo, es tan simple como lo expresa san Pedro magistralmente:

Que los que sufren conforme a la voluntad de Dios, haciendo el bien, pongan también sus vidas en manos del Creador, que es fiel (1Pe 4,19).

Es muy importante que podamos conocer este proceso de discernimiento que hemos analizado detalladamente y que nos ejercitemos en él, para así asimilar a fondo su espíritu; sabiendo que no es algo complicado. La prueba es que, una vez lo hayamos asimilado, podremos reducir todo este camino a este sencillo atajo del discernimiento y la santidad:

1. No permitir jamás que nada ni nadie nos robe, ni por un instante, la paz y la alegría; aunque ello suponga pagar el precio más alto por conservarlas. Porque Dios no habita donde no hay paz ni alegría, y donde habita Dios siempre hay paz y alegría. Puedo explicitar esto diciendo: «Lo acepto todo por tu amor», «en tu nombre echaré las redes», o cualquier expresión que traduzca bien este convencimiento y esta aceptación. Debo decirlo cuando aparezca el golpe y mantenerlo después como modo de rescatar la presencia de Dios en lo concreto. Esta actitud hay que mantenerla siempre y sin ninguna excepción.

2. Disponerme a reconocer, siempre y en todo, la presencia y la acción de Dios, anticipando mi gratitud al Señor por ello antes de cualquier desarrollo de los acontecimientos, diciendo: «Gracias, Señor, porque aquí y ahora me amas con infinita misericordia». Aquí tampoco hay excepciones.

Esta gratitud no se refiere a los acontecimientos negativos como tales, sino al hecho de que esos acontecimientos constituyen el envoltorio en el que recibo la presencia y el amor de Dios, así como la acción extraordinaria de su gracia. Por eso puedo dar gracias, porque pase lo que pase Dios está ahí amándome, y porque sólo ese acontecimiento que me tumba me permite manifestar de verdad mi amor y mi entrega a él y al prójimo.

3. Puede ser muy útil concretar está disposición en alguna oración o jaculatoria que digamos con frecuencia. Hemos de encontrar la palabra o la frase que haga explícita la recia convicción de que pase lo que pase no se rompe lo único importante. Puede ser, por ejemplo: «por ti», «lo ofrezco», «todo», «sólo tú», «gracias». Esto es algo que siempre se puede hacer. Y ahí está la esencia del discernimiento, en rescatar a Dios de la maraña de cosas. Si lo hago así, ya he hecho lo más importante del discernimiento: he colocado el «perchero» en el que colgar todos los elementos que constituyen mi vida. Una vez que tengo el perchero resulta muy fácil colgar de él las demás decisiones que deba tomar. Para ayudarnos puede servir de modelo la oración de Carlos de Foucauld:

Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras; sea lo que sea te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te confío mi alma: te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito amar, ponerme en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque tú eres mi Padre.

 

Durmiendo en brazos del padre

 

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NOTAS

 

[1] Cf. Jn 14,6: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

[2] Cf. Mt 6,33-34, que se menciona más adelante.

[3] Todo esto tiene mucho que ver con las características que definen la vida de Jesús en Nazaret, tal como aparece sintetizado en las Contemplaciones litánicas de los Misterios de Cristo.

[4] Cf.: «El justo vive de la fe» (Hab 2,4; Rm 1,17; Hb 10,38).

[5] Cf. otros salmos que se refieren a los enemigos: «Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme. Pero tú, Señor, apiádate de mí; haz que pueda levantarme» (Sal 41,10-11); «¿Hasta cuándo, oh Dios, nos va a afrentar el enemigo? ¿No cesará de despreciar tu nombre el adversario?... Pero tú, Dios mío, eres rey desde siempre…» (Sal 74,10.12). «Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí, una banda de insolentes atenta contra mi vida, sin tenerte en cuenta a ti. Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. Da fuerza a tu siervo, salva al hijo de tu esclava» (Sal 86,14-16). O a la propia situación ante Dios: «Yo decía en mi ansiedad: “Me has arrojado de tu vista”; pero tú escuchaste mi voz suplicante cuando yo te gritaba» (Sal 31,23); «a causa de sus culpas; nuestros delitos nos abruman, pero tú los perdonas» (Sal 65,4).

[6] Ni fruto natural, como éxito, reconocimiento, etc., ni tampoco fruto sobrenatural, como paz, luz, fuerza, etc.